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La Coctelera

La información en el drama; Discrepancia informativa; Ironia

La información en el drama; Discrepancia informativa

LA INFORMACION EN EL DRAMA

DISCREPANCIA INFORMATIVA:
El espectador padece un deficit de información que el autor tiene que de compensar lo más rápidamente posible.para que el público pueda reconocer el entorno, las figuras y el conflicto.

La información puede ser:

Verbales: Los personajes comparten información que ya poseen

Extraverbales. Acústicos, visuales. (gustativo olfativo).

Relacion entre ambos:

Identidad: Información identica: Suenan unas campanas, Personaje dice: "suenan las campanas".

Complementariedad: Una informacion complementa , matiza o modaliza a la otra: campanas, "son las doce"

Discrepancia: Campanas; personaje: "¿porque no suenan las campanas?".

Ironia Dramática:

El espectador tiene más información que el personaje situando al espectador en una posición privilegiada.

Efecto: cómico, suspense, trágico, patetico.
Personaje/es victima los que ignoran
Personaje/es complices compàrten

Pasos:
a- Instalación: se proporciona información que un personaje no posee
b- explotación: crear el conflicto
c- resolución

efectos dramáticos: cómico
suspense
Trágico
Patético

Ejemplos : Dialogos de sordos :efecto cómico

caballo de troya:

Ironia drmática difusa:

No esta instalada
tiburon, Titanic

File e teoria 20actante pdf

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Destino; Fatalidad, Ananke, Moira, Tyche

Palabra que deriva del latín fatum, forma del verbo fari, «hablar», según el testimonio de Varrón en su tratado De lingua latina. Este mismo autor fundamenta lapropiedad de la acepción ético-religiosa del término en el hecho de que las Parcas hablando determinan la vida de las personas. Estrechamente ligados a este valor semántico están los adjetivos «fatal» y «fatídico», referidos respectivamente a los temas hablados o a las personas que cuentan o adivinan lo dicho.

El origen de la palabra nos muestra al h. como una abstracción: la voluntad, como tal irrevocable y necesaria, de un dios. No obstante su carácter inicial abstracto, el destino en la mitología (v.) clásica aparece personificado en una serie de divinidades concretas, aunque su genealogía, su representación, su influjo en la vida de los hombres y sus relaciones no estén claras y a veces resulten difícilmente armonizables. Aunque juega un gran papel en civilizaciones como la babilónica, y divinidades o fuerzas relacionadas con él tienen trascendencia en otras mitologías -como las nornas y las valquirias en los pueblos germanos (v.)- cuando se habla de Hado se atiende de manera preferente a la cultura greco-romana. En ella son divinidades del destino, Ananki'°„ Moira, Fatum y aun la Fortuna aparte de otras denominaciones esporádicas como Aisa o Eimarmene (V. ROMA, RELIGIÓN DE LA ANTIGUA).

Ananké, en latín necessitas, la necesidad, es la personificación de la fuerza inexorable que rige eJ universo y las creaturas. Sobre ella no tiene poder ni el mismo Zeus (v.), padre de los dioses y de los hombres. En la teogonía órfica (V. ORFIsmo) Ananké es hija de Cronos y nodriza de Zeus. Ella a su vez es madre de Eter, Caos y Erebo. En los poemas homéricos aparece en varios pasajes sometiendo a sus dictados la voluntad de Zeus: contra ella muere su hijo Sarpedón que es increpado por Tlepólemo en estos términos: «Sarpedón, buen consejero de los licios, ¿qué Necesidad te impulsa a venir aquí?». Su presencia en la vida del hombre es de una enorme fuerza dramática en las situaciones de los personajes trágicos de Esquilo: «Sé de antemano lo que me va a suceder y no me ocurrirá ninguna desgracia de improviso; debo llevar lo mejor posible la suerte que me ha sido dada sabiendo que el poder de la Necesidad no admite resistencia» (Prometeo, 103-107). A la necessitas romana alude Cicerón en algunas de sus obras filosóficas (Tusculanae disput. 111,59; De natura deorum, 1,55), y poetas latinos del periodo augusteo. Horacio (Odae, 1,35) la hace figurar en el séquito de la Fortuna: «Ante ti siempre va tu esclava la Necesidad llevando en su mano de bronce los clavos y las cuñas del armazón junto con el duro garfio y el plomo líquido».

Moira es ya en los poemas homéricos la personificación del h. de cada hombre: «La imperiosa Moira llevó al rble y gran Heráclida Tlepólemo contra Sarpedón, igual a los dioses» (Riada, V,628). Contra su poder el héroe homérico es impotente. Así lo confiesa Héctor en el momento de despedirse de su esposa en el canto sexto: «Yo te aseguro que ningún hombre, cobarde o valiente, puede escapar a su Moira desde el día que nace». En la Teogonía de Hesíodo (v.) comienza a hablarse de tres moiras, hijas del matrimonio de Zeus con Temis, su segunda esposa: Clotho, Atropos y Lachesis, las tres hilanderas que tejen el hilo de la vida humana. En La República platónica las Moiras son hijas de la Necesidad, de Ananké. Sea de ello lo que fuera, a partir de Hesíodo, cada una de ellas tiene una función determinada. El oficio de Clotho es tejer el hilo de la vida, presidir el nacimiento o, según Apuleyo, el momento presente que se desliza continuamente por sus dedos. Atropos corta el hilo de la vida, asiste a la muerte de los hombres y se ocupa del pasado. Lachesis determina la suerte y el género de vida de cada individuo: su mirada está dirigida al futuro. Estas mismas divinidades pasan a la mitología romana con la advocación de Parcas. A ellas se refiere Virgilio en el famoso pasaje de la égloga cuarta, aludiendo a la edad de oro: «Tejed tales siglos, dijeron a sus husos las Parcas concordes con la voluntad inmutable del destino». Las Tres Parcas, según Gelio, tenían estatuas en el foro romano que recibían el nombre de tría lata, «los tres hados». La descripción de las Parcas difiere de unos autores a otros. Normalmente se las describe o se las representa en el arte como jóvenes vírgenes o como viejas de aspecto sombrío. Sus atributos, aparte del hilo de la vida, son: un huso o una rueca los de Clotho; una pluma o un mundo los de Lachesis. A Atropos se le asigna una balanza.

Otra deidad del destino es, en la mitología romana, el latum. Para Cicerón (De natura deorum, 111,17) es hijo de Erebo y la Noche y corresponde exactamente a la idea griega de ananké. Sin embargo, las personificaciones que calaron con más profundidad en la imaginación popular fueron el latus y la lata que presidían respectivamente la vida de cada hombre y cada mujer. Una de tantas contradicciones en el conjunto de las creencias antiguas es la relación que desde muy pronto se estableció entre el fatuni y la Fortuna, fuerza que, en un plano teórico, es algo caprichoso. En efecto, equivalente a la Tyche griega, la Fortuna en Roma es el principio azaroso que juega con la vida de los hombres. Así la siente Horacio: «La Fortuna, complacida en su cruel actividad y firme en desplegar su juego caprichoso, cambia sus inciertos favores, conmigo hoy benévolo, mañana con otro» (Odae, 111,29, 49-52). Se la hizo hija de Júpiter y hermana del fatum. Para otros era hija del Océano y hermana de las Parcas. Se la representa normalmente ciega, en pie o sentada sobre el globo terrestre, llevando en la mano el cuerno de la abundancia o un timón en su calidad de piloto de la suerte humana. Los romanos (Cicerón, De legibus, II, 28) distinguían muy diversos tipos de fortuna: la «del día de hoy» (huiusce diei), «la que vuelve la mirada» para prestar su ayuda (respiciens), la de la suerte (fors). Incluso nos habla de una mala fortuna a la que hay consagrada un ara en el Esquilino, una de las colinas de Roma. Sabemos por otros textos que en la ciudad se da culto a la Fortuna pública y que los emperadores la utilizan como símbolo de su papel elevado y lleno de riesgos en la administración de los negocios públicos. La fortuna aparece en las monedas romanas del periodo imperial y con distintos calificativos (redux, la que hace volver de los viajes; manens, la permanente; obsequens, la que cumple los deseos; opifera, la que trae riquezas; etc.) su figura pasa a ser familiar en la literatura y el arte de todos los tiempos.

No obstante esta incompatibilidad de principio entre destino y fortuna a la que ya hemos aludido, en el sistema de creencias del mundo greco-romano se relacionan y entremezclan. Así se llegan a producir sincretismos que preconizan la existencia de una deidad, medio-necesidad, medio-azar, que coarta en uno y en otro sentido la libertad del individuo. Porque toda la cuestión planteada por la presencia del h. en la mitología clásica está íntimamente ligada con el problema de la libertad (v.) del hombre y su ejercicio. Ésta es la razón de que, en los planos ético y literario, la presencia del h. y de la fortuna se mantenga vigorosa a lo largo de los siglos. Sin embargo, en el plano del pensamiento filosófico, el fatalismo había quedado superado definitivamente en el libro tercero de la Moral a Nicómaco escrito por Aristóteles en el s. iv a. C. En él describe el filósofo estagirita el acto libre, voluntario del hombre que le da acceso fácil a la práctica de las virtudes morales e intelectuales. En esa práctica radica la felicidad (v.), fin último de la naturaleza humana.

Aunque Dios queda reducido en Aristóteles al primer motor, a la necesaria causa primera -ajena a los hombres- de los fenómenos de la naturaleza, los cristianos no tendrán más que conjugar la presciencia de Dios con el libre albedrío de los hombres para cerrar de manera coherente todo el proceso. Dios prevé las cosas como son en sí, las libres como libres y las necesarias como necesarias, dirá S. Agustín en el libro tercero de su tratado De libero arbitrio. Dios, por tanto, no puede prever como necesarias acciones intrínsecamente libres, cuales son las acciones de los hombres.

V. t.: LIBERTAD; PREDESTINACIÓN Y REPROBACIÓN.

Teoria de la Ilusion

¿En qué consiste el goce estético del público? ¿Podemos experimentarlo si sabemos que lo que se desarrolla delante de nuestros ojos es la realidad? Captamos emocionalmente un mundo de ficción, estéticamente válido. Vemos en las tablas una imagen de la vida, pero no la vida misma. De otra suerte, el teatro no tendría ninguna importancia estética, no sería arte. De ahí que escenas de cruel realismo, como las de los horrores de la guerra, por ejemplo -que nos muestran los noticiarios cinematográficos-, no pueden causar al espectador más impresión que la de horror y hasta un malestar psíquico y físico. Sin la intervención del arte son escenas demasiado brutales, terribles, donde la lente de la cámara sustituye la conciencia del artista, única que puede dar la necesaria interpretación al horror.
Según la Teoría de la ilusión, de Konrad von Lange, el goce estético que experimenta el espectador consiste en una continua curva: ilusión-desilusión-engaño-desengaño. Hay elementos propicios a la ilusión (reales), y elementos no propicios (artificiales). Desde luego, en un espectador dominarán, de acuerdo con su temperamento, los elementos de ilusión; en otro, los de desilusión; pero de ninguna manera puede ser finalidad estética del teatro una proyección sentimental total. Porque «el mundo ficticio tiene solamente la importancia de provocar el funcionamiento del alma», y «por mucho que un suceso escénico nos impresione como real, jamás perderemos la conciencia de la ilusión». O como lo formuló san Agustín en sólo dos palabras: el espectador «goza llorando».
Estas ideas 'fueron ya' objeto de preocupación de los autores contemporáneos del teatro clásico griego. Así, Gorgias decía de la tragedia: «Es un engaño, en donde el que engaña parece más justo que el que no engaña, y el engañado, más sabio que el no engañado».
Sin embargo, podemos observar una franca disminución en la capacidad de ilusión del público. En el ‘siglo de oro bastaban ocho versos de Lope para crear en el espectador de La discreta enamorada toda la sensación del prado de San Jerónimo, de noche, con toda su fragancia, su frescura, sus encantos; y con la misma facilidad logra Shakespeare en El sueño de una noche de verano el ambiente misterioso del ‘bosque de Atenas poblado por Oberón y su reino mágico. Hoy necesitamos de todos los recursos técnicos: decorados, foro giratorio, carros, iluminación, vestuario, para lograr un efecto en nuestro público, quizá menor que en tiempos de Lope, que sólo disponía de sus versos, los actores y una tarima.
La participación activa del público en el espectáculo ha declinado lamentablemente; la imaginación se ha vuelto forzosamente más débil, más pobre. El teatro realista había ya contribuido grandemente a esa evolución inevitable, aunque en mucho menor proporción que el cine o la televisión qué libera al público de todo esfuerzo mental. La cámara guía la atención del espectador, mostrándole sólo aquello en que debe fijarse. La participación del público es completamente pasiva. En consecuencia, un público así viciado encuentra forzosamente fatigosa una representación teatral, por buena que sea, porque no está, ya capacitado para tomar parte activa en ella. Ya vemos aquí en qué consiste el desequilibrio teatral: ante todo, en la falta de un público capaz de gozar de una representación escénica. Tanto el teatro épico como el de la crueldad y del absurdo han tratado de sacar al público de su letargo al envolverlo en la acción misma, al hacerlo participar en forma activa del espectáculo. Aquí es donde el teatro rompe definitivamente los moldes convencionales como veremos más adelante.
Según hemos visto, del público primitivo salió el primer actor, que improvisó, ante su auditorio, lo que se proponía decir. Aunque el teatro improvisado ha seguido subsistiendo en múltiples formas -ya se llame Mimus, Commedia dell'Arte, ya Stegreifspiel o Sketch de nuestras «carpas» actuales, más que escrito, improvisado por comediantes geniales-, el actor moderno, seguro de sus medios de expresión, no puede desligarse ya de la labor del dramaturgo que le suministra la base para su trabajo artístico. Aunque el teatro -por lo menos a juzgar por la evolución que ha tomado en los últimos años- parece haberse valido frecuentemente más de pretextos que de textos literarios, el teatro cuyos aspectos nos interesa desarrollar no comienza sino hasta los primeros grandes dramaturgos: Esquilo, Sófocles, Eurípides. La finalidad del teatro es, pues, la escenificación del drama.
Se trata, pues, de dos fases de producción o creación: 1) La obra creada por el dramaturgo. 2) La interpretación escénica creada (no reproducida) por el conjunto de actores.
Eso exige una subordinación del teatro al drama. Si existe perfección y armonía, tanto en la pieza como en su escenificación, se ha logrado una obra de arte. Tanto el drama como su interpretación dependen uno del otro y tienen valor por sí solos. Por eso, tampoco puede existir ninguna reproducción fiel, objetiva, de una obra teatral; ni tendría interés, ni siquiera como ideal.